El sentido de pertenecer

La pertenencia es una necesidad humana que da forma a la manera en que las niñas y los niños construyen su personalidad. Cuando hablamos de pertenencia, hablamos de algo que va mucho más allá de “estar” en un sitio; nos referimos a esa vivencia profunda de formar parte de un lugar, de una familia, de un territorio, de una comunidad, pero también de una historia y de un entramado de vínculos que nos sostienen incluso cuando no somos del todo conscientes de ello.

Detrás del sentido de pertenencia encontramos necesidades humanas tan elementales como ser vistos, ser aceptados, sentir seguridad, desarrollar un arraigo que dé continuidad a nuestra historia, y tener un lugar dentro de algo mayor que nosotros mismos. Cuando construimos nuestra personalidad —sobre todo en los primeros años de vida— necesitamos ciertas condiciones mínimas que ofrezcan seguridad relacional y emocional para poder explorar el mundo sin miedo, sentirnos vinculados sin amenaza y crecer con la sensación interna de que tenemos un sitio.

¿De qué hablamos cuando hablamos de pertenencia?

El sentido de pertenencia es una experiencia relacional, corporal, afectiva y simbólica a la vez. No es simplemente saberse dentro de un grupo, sino sentir que se es parte de un tejido que reconoce, sostiene y valida nuestra existencia.

Autores como Alfred Adler ya planteaban la pertenecía como el corazón del Gemeinschaftsgefühl, el sentimiento de comunidad que permite a los niños y niñas experimentarse como valiosos para otros. Abraham Maslow situó este sentimiento justo en el centro de su pirámide como una necesidad universal y transversal a todas las etapas de la vida. La teoría del apego de John Bowlby mostró que los seres humanos necesitamos una base segura no solo en la infancia, sino a lo largo de toda la vida, y que sin un mínimo de pertenencia relacional el desarrollo emocional se complica.

La neurobiología interpersonal de Daniel Siegel añade una capa esencial: el cerebro se desarrolla y se regula a través de relaciones en las que el niño “se siente sentido”, lo que significa que la pertenencia no es solo un concepto emocional o social, sino una necesidad biológica que da forma a la organización cerebral y al modo en que se integra la experiencia.

¿Cómo construye la pertenencia nuestra identidad?

La identidad no nace dentro de uno mismo, sino en el contacto con otros. Ya Erik Erikson señalaba que la identidad se construye a través de las interacciones con el mundo social, y que el desarrollo psicosocial solo puede consolidarse cuando el niño o la niña siente que tiene un lugar dentro de las relaciones que le rodean. La pertenencia aporta continuidad, coherencia y valoración: una línea narrativa que permite integrar lo que hemos vivido, comprender quiénes somos y proyectar quiénes queremos ser.

Cuando la experiencia de pertenencia está presente, el niño desarrolla un sentido estable de sí mismo, una capacidad de explorar sin miedo y una manera flexible de relacionarse. Cuando la pertenencia falla —ya sea en la familia, en la escuela, en el territorio o en el grupo de iguales— la identidad se ve comprometida, y aparecen dinámicas como la sobreadaptación, la invisibilización, la hiperautonomía defensiva o la dificultad para reconocerse valioso en los vínculos.

¿Qué tipos de pertenencia existen?

Podemos pensar la pertenencia como un sistema de capas que se superponen y se nutren entre sí:

• Pertenencia familiar

Es la base desde la teoría del apego. Aquí aprendemos que existimos en los ojos del otro.

• Pertenencia social o de iguales

Tiene que ver con la identidad social (Tajfel & Turner), con cómo nos vemos reflejados en nuestro grupo.

• Pertenencia cultural

Lenguas, símbolos, tradiciones y valores que dan marco y sentido.

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• Pertenencia territorial

Lo que Yi-Fu Tuan llamó topofilia: el vínculo emocional con un lugar.

• Pertenencia narrativa

La historia coherente que une nuestras raíces, experiencias y aspiraciones (Siegel, McAdams).

Cada capa aporta algo distinto y necesario; cuando una se quiebra, las otras pueden sostener, pero cuando varias se alteran al mismo tiempo —como suele suceder en contextos de migración o trauma relacional— la identidad queda sin suelo firme.

Dificultades en la pertenencia

La pertenencia no es un estado garantizado. Es una experiencia relacional que depende del entorno, de las condiciones materiales, del clima emocional de la familia, de la actitud de la comunidad y de las dinámicas sociales, culturales o políticas que atraviesan la vida de una niña o un niño.

A veces, incluso cuando hay amor, las circunstancias dificultan ese sentimiento de “estoy en un lugar que me reconoce y me sostiene”. Y es importante entender que estas dificultades no hablan de fallas individuales, sino de contextos que no siempre ofrecen las condiciones necesarias para que la pertenencia florezca.

Podemos distinguir diferentes ámbitos donde la pertenencia puede verse afectada:

Cuando el territorio o la comunidad no acogen (pertenencia en el afuera)

La pertenencia territorial y comunitaria se ve profundamente influida por el entorno social, cultural y político. Cuando el territorio no es vivido como seguro, accesible o propio, la identidad se resiente.

1. Identidades múltiples y tensiones (Michel Wieviorka)

Las niñas y niños que crecen entre culturas pueden desarrollar identidades amplias, flexibles y plurales, capaces de integrar referentes diversos. Pero esta riqueza solo se vive así cuando el entorno permite que todas las partes sean expresadas sin amenaza.

Cuando el entorno:

  • exige elegir,
  • discrimina una parte de la identidad,
  • o envía mensajes contradictorios sobre qué está permitido ser,

la multiplicidad deja de vivirse como expansión y se convierte en tensión.
Wieviorka lo describe como identidades “en conflicto” o “en competencia”, no por lo que la niña o el niño es, sino por lo que el entorno no reconoce.

Aquí no hay un problema en la identidad múltiple; el problema es la falta de reconocimiento externo.


2. Síndrome de Ulises y duelo migratorio (Joséba Achotegui)

Cuando la migración se vive desde el miedo, la precariedad, la separación familiar, la discriminación o la incertidumbre legal, aparece lo que Achotegui llama síndrome de Ulises, un estrés migratorio extremo que dificulta profundamente la sensación de pertenencia.

En este estado:

  • el cuerpo está en hipervigilancia,
  • las emociones se organizan desde la supervivencia,
  • y el sentido de “casa” se vuelve inestable o inalcanzable.

Desde la neurociencia sabemos que este nivel de estrés sostenido:

  • hiperactiva la amígdala,
  • reduce la capacidad del hipocampo para integrar recuerdos,
  • y debilita la corteza prefrontal encargada de integrar identidad.

Es decir: el cerebro no está disponible para construir pertenencia cuando está ocupado tratando de sobrevivir.

Para una niña o un niño, esto puede sentirse como no tener raíz en ninguna parte: ni en el lugar de origen, ni en el nuevo lugar de residencia, ni en el espacio social intermedio que a veces se crea cuando la adaptación se vive como un puente temporal sin tierra firme.

Cuando en el hogar faltan condiciones de base segura (pertenencia en lo íntimo)

La pertenencia emocional —el arraigo afectivo que se forma en la familia— es la base desde la cual el niño o la niña puede explorar el mundo, integrar aprendizajes, vincularse con iguales y construir una narrativa coherente sobre quién es.

Pero cuando la familia atraviesa estrés crónico, migración, duelos, violencia, precariedad económica o inestabilidad emocional, su capacidad para ofrecer base segura se ve afectada.

No porque no haya amor, sino porque el campo emocional está saturado.

En estos casos, pueden aparecer:

  • Hipervigilancia emocional: el niño se adapta para no desbordar más el entorno.
  • Confluencia (Gestalt): diluirse para pertenecer o para no molestar.
  • Retroflexión: dirigir hacia sí mismo aquello que no puede expresar hacia afuera.
  • Invisibilización: aprender a no necesitar para no cargar el sistema familiar.
  • Desarraigo interno: la sensación de no tener un centro seguro al que volver.

Desde la mirada de Bowlby, esto puede traducirse en dificultades de apego; desde la mirada de Siegel, en desintegración narrativa; desde la mirada de la Gestalt, en interrupciones del contacto. No es una elección. Es un modo de sobrevivir.

Cuando varias capas de pertenencia fallan a la vez (acumulación de vulnerabilidad)

Las dificultades de pertenencia se vuelven especialmente sensibles cuando varias capas —territorio, escuela, comunidad, familia— se desestabilizan simultáneamente.

Aquí surge lo que podríamos llamar desarraigo en capas:

  • no pertenezco del todo al lugar donde vivo,
  • ni al grupo de iguales,
  • ni a la cultura de origen que empieza a diluirse,
  • ni a la cultura de llegada que no me incluye,
  • ni a una narrativa estable.

Esta acumulación puede generar identidades defensivas, fragmentadas o dolorosas, no porque haya nada “mal” en el niño o la niña, sino porque el campo que lo rodea se vuelve inconsistente, irregular o no-sostenedor.

Cuando la escuela no reconoce o no integra (pertenencia educativa)

La investigación en educación es muy clara:
el sentimiento de pertenencia escolar predice bienestar, rendimiento y motivación.

Las dificultades de pertenencia en la escuela pueden aparecer cuando:

  • no hay representación cultural,
  • hay discriminación o microagresiones,
  • no se cuida la diversidad lingüística,
  • el grupo de iguales excluye,
  • el entorno educativo no reconoce la historia o el contexto de la niña o el niño.

Aquí se rompe un eje muy importante: la pertenencia social, que es una matriz de identidad desde edades muy tempranas.

Cuando la escuela falla, el niño pierde uno de los lugares más potentes donde ensayar quién es.

La pertenencia y la identidad: qué dice la investigación sobre la infancia

Sentirse parte de algo no es un capricho emocional. Es una necesidad humana básica y está profundamente estudiada. Psicología, sociología, neurociencia y educación coinciden: cuando una niña o un niño siente que pertenece a su entorno —a su familia, a su escuela, a su comunidad—, su identidad se fortalece, su bienestar emocional mejora y su capacidad de aprender se despliega con más facilidad. Cuando esa pertenencia falla, aparecen inseguridades, miedos y dificultades que pueden acompañarle durante años.

A continuación se explica, de forma sencilla, qué dice la investigación.

A. Psicología del desarrollo: identidad y pertenencia siempre van juntas

Erik Erikson mostró que la identidad se construye en relación con los demás. Para que un niño pueda decir “sé quién soy”, primero necesita sentir “sé dónde estoy y a quién pertenezco”.
La pertenencia actúa como un ancla: sin ella, la identidad puede volverse frágil, buscar aprobación constante o adoptar formas que no encajan con el yo profundo.

James Marcia lo confirmó al señalar que la identidad se forma gracias a dos movimientos —explorar y comprometerse— que solo son posibles cuando el niño siente seguridad. Cuando esta base falla, surgen identidades confusas, muy dependientes de la mirada externa o paralizadas por la inseguridad.

B. Apego: la pertenencia empieza mucho antes de la escuela

Los estudios de Bowlby y Ainsworth muestran que la primera experiencia de pertenencia nace en la relación con las figuras cuidadoras.
Cuando un bebé siente que “alguien está ahí para mí”, se crea un cimiento interno que sostiene:

  • la confianza en sí mismo,
  • la capacidad de explorar,
  • la regulación emocional,
  • el sentimiento de valía.

Décadas después, investigaciones de Sroufe y Waters demostraron que esa primera forma de pertenencia predice la resiliencia y la estabilidad emocional en la adolescencia. Es decir: la pertenencia deja huella muy temprano.

C. Sociología: el grupo como espejo de quién soy

La teoría de la identidad social, de Tajfel y Turner, explica que todas las personas —también los niños pequeños— formamos parte de grupos que nos ayudan a entender quiénes somos. Cuando un niño se siente incluido, su autoestima crece y su identidad gana coherencia.
Cuando no, puede retraerse, esforzarse en exceso por encajar o ocultar partes de sí mismo.

El sociólogo Michel Wieviorka recuerda, además, que no tenemos una sola identidad, sino muchas. Si alguna de ellas (origen, idioma, cultura, creencias…) no encuentra reconocimiento, esa parte puede quedar en conflicto y afectar a la identidad global del niño.

D. Neurociencia: pertenecer es también una cuestión de cuerpo

La neurociencia confirma algo muy intuitivo: la exclusión duele. Y no en sentido metafórico.
Eisenberger y Lieberman demostraron que el rechazo social activa las mismas áreas cerebrales que el dolor físico.

Daniel Siegel señala, además, que el cerebro se desarrolla a través de las relaciones. Cuando hay pertenencia, aumenta la integración, la regulación emocional y la capacidad de construir una narrativa coherente.
Cuando no la hay, el sistema entra en modo supervivencia: alerta, defensividad, fragmentación.

Autores como Porges y van der Kolk añaden que el sistema nervioso solo puede relajarse, aprender y construir identidad cuando se siente seguro.

E. Migración: cuando pertenecer cuesta más

Los estudios de Portes y Rumbaut, realizados con miles de jóvenes de segunda generación, muestran que la falta de reconocimiento cultural o social aumenta el riesgo de ansiedad, confusión identitaria y dificultades escolares.

Joséba Achotegui describe cómo la pérdida de pertenencia cultural, lingüística o territorial puede generar duelos intensos que afectan de forma directa a la identidad de niñas y niños migrantes.

F. Educación: la escuela como uno de los primeros “nosotros”

La escuela es uno de los grandes escenarios donde los niños ponen a prueba su identidad social.
Según Goodenow, sentirse parte de la escuela predice mejor rendimiento, más motivación y menos ansiedad.
Cuando falta pertenencia, el niño puede retraerse, evitar participar o perder confianza en su capacidad académica.

La revisión de Osterman confirma que pocas cosas influyen tanto en el bienestar escolar como sentirse incluido.

¿Cómo trabajar esta parte en terapia?

Acompañar la pertenencia en terapia es acompañar una necesidad humana profunda que afecta a la identidad, al vínculo, a la regulación emocional y al cuerpo. No es simplemente “enseñar a pertenecer”, sino crear un espacio donde la persona pueda sentir, quizá por primera vez, lo que es tener un lugar seguro en relación, un lugar donde sus partes pueden existir sin miedo a ser juzgadas, rechazadas o exigidas.

La terapia, en cualquiera de sus enfoques relacionales, se convierte así en un espacio de reparación del campo —como diría la Gestalt— donde se restablecen las condiciones que permiten al self organizarse de una manera más integrada, más auténtica y más tranquila.

Referencias:

1. Psicología del desarrollo e identidad

Erikson, E. (1950/1968). Childhood and Society / Identity: Youth and Crisis. Norton.
Marcia, J. (1966). “Development and validation of ego-identity status.” Journal of Personality and Social Psychology.
Marcia, J. (1980). “Identity in adolescence.” En Handbook of Adolescent Psychology, Wiley.


2. Apego, desarrollo socioemocional y base segura

Bowlby, J. (1969). Attachment and Loss, Vol. 1: Attachment. Basic Books.
Ainsworth, M. et al. (1978). Patterns of Attachment. Erlbaum.
Sroufe, L. A. (2005). “Attachment and development: A prospective, longitudinal study.” Attachment & Human Development.
Waters, E. (1995). “The stability of attachment from infancy to adolescence.” Child Development.


3. Identidad social, pertenencia y grupos

Tajfel, H., & Turner, J. C. (1979). “An integrative theory of intergroup conflict.” En The Social Psychology of Intergroup Relations. Brooks/Cole.
Cooley, C. H. (1902). Human Nature and the Social Order. Scribner’s.
Baumeister, R., & Leary, M. (1995). “The need to belong.” Psychological Bulletin.


4. Migración, identidades múltiples y duelo migratorio

Wieviorka, M. (2001–2020). Obra sociológica sobre identidades, reconocimiento y pluralidad cultural.

  • Referencia base: La diferencia. Paidós.
  • Y su trabajo sobre identidades múltiples, racismo y multiculturalismo.

Achotegui, J. (2008). “El Síndrome de Ulises.” Intervención Psicosocial, 17(1).
Portes, A., & Rumbaut, R. (2001). Legacies: The Story of the Immigrant Second Generation. University of California Press.


5. Neurobiología, apego y pertenencia

Siegel, D. J. (1999–2020). The Developing Mind; Interpersonal Neurobiology.
Eisenberger, N. I., & Lieberman, M. D. (2004). “Why rejection hurts: a common neural alarm system for physical and social pain.” Trends in Cognitive Sciences.
Porges, S. (2011). The Polyvagal Theory. Norton.
Van der Kolk, B. (2014). The Body Keeps the Score. Viking.
McAdams, D. (2001). “The psychology of life stories.” Review of General Psychology.


6. Arraigo, territorio y geografía humana

Tuan, Yi-Fu. (1974). Topophilia: A Study of Environmental Perception, Attitudes, and Values.
Appadurai, A. (1996). Modernity at Large: Cultural Dimensions of Globalization. University of Minnesota Press.
Ambos autores hablan del vínculo entre territorio, identidad y experiencia emocional del espacio.


7. Educación y pertenencia escolar

Goodenow, C. (1993). “The Psychological Sense of School Membership.” Psychology in the Schools.
Osterman, K. (2000). “Students’ need for belonging in the school community.” Review of Educational Research.
Eccles, J. (2003). Development in adolescence: The impact of school contexts.

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