En la escuela, la muerte suele llegar sin avisar. A veces lo hace de forma cotidiana —una planta que no sobrevive, una hoja que se desprende del árbol, un pájaro que encontramos inmóvil— y otras, más cerca, cuando una pérdida toca el corazón del grupo.
El impulso habitual suele ser proteger, ocultar o evitar. Pero cuando nos detenemos y miramos junto a la infancia lo que está ocurriendo, cuando no corremos a tapar lo que la vida trae, aparecen conversaciones que abren comprensión, vínculo y sentido.
Hablar de la muerte no les daña: les ayuda a entender lo que sienten y a elaborar lo que viven.
Y hacerlo en el aula permite transformar la experiencia en algo más amplio que un aprendizaje académico: en una vivencia compartida que también enseña a cuidar, a mirar y a estar presentes.
En esta entrada compartimos diferentes experiencias vividas en la escuela en torno a la pedagogía de la muerte, una mirada que busca integrar lo real —también la pérdida— como parte del aprendizaje y de la vida.
El día en que apareció un murciélago muerto en clase
En el enfoque Montessori, cuando algo inesperado aparece en el aula —una hoja seca, un insecto, un animal—, se convierte en una oportunidad para observar, descubrir y aprender.
El contacto con lo real, incluso cuando es delicado o incómodo, es una puerta a la curiosidad y a la comprensión del mundo.
Aquel día apareció un pequeño murciélago muerto.
Nos acercamos con calma y lo observamos con respeto.
Miramos su pelaje, sus alas finas, los dedos que las sostenían, las pequeñas patas, su tamaño.
Comentamos sus adaptaciones, su forma de orientarse, sus diferencias con otros animales.
Y, como ocurre tantas veces en Montessori, el interés surgió de forma natural: la observación se transformó en aprendizaje vivo.

Sin embargo, aunque este acercamiento nos conecta con la muerte como parte de la vida, hay algo que se pierde si nos quedamos solo en lo biológico.
La muerte, además de ser un hecho natural, despierta preguntas, emociones, recuerdos. Y si no se abre espacio a todo eso, la experiencia se empobrece.
¿Cómo incluir también esa otra dimensión en el aula?
Después de observar al murciélago, se añadió una pregunta sencilla: —¿Qué pasa cuando un animal se muere?
El silencio se llenó de palabras. Las niñas y los niños comenzaron a compartir lo que sabían, lo que habían escuchado, lo que habían vivido. Surgieron recuerdos de mascotas, de personas queridas, de experiencias propias con la muerte. La conversación tomó forma sin necesidad de dirigirla: solo había que dejarla aparecer.
La infancia tiene interés, ganas y experiencias con la muerte. Solo necesita espacios donde el tema no sea tabú, donde pueda elaborarse en conjunto.
Cuando esto ocurre, el aprendizaje se amplía: de la observación a la emoción, de la biología a la biografía. Y en el grupo, cada pregunta, cada vivencia compartida, construye una comprensión más humana y más completa de lo que significa vivir.
El juego simbólico como espacio de elaboración

El juego simbólico pone en juego todo aquello que las niñas y niños viven y absorben en su día a día y les permite digerirlo y reconstruirlo a su manera y desde su etapa de desarrollo.
La muerte, como la vida, también forma parte de este juego simbólico, y explorarla desde él y con sus iguales facilita que se generen espacios en los que pueden hablar de ella, y también de sus vivencias personales.
En una ocasión, a través del juego de la imagen, surgió una conversación entre varias niñas y niños sobre qué sucede cuando nos morimos.
Algunas decían que nuestra alma va al cielo, mientras que a otros les resultaba extraño que el alma pudiera llegar por si sola al cielo si las personas necesitamos un cohete hasta para llegar a la Luna aún cuando la vemos desde la Tierra. Cuando nos morimos, nos morimos, no pasa nada, decían.
Entonces, otros explicaban que el alma no es igual que el cuerpo, que no pesa y puede volar. Y que el cielo tampoco es el que vemos, es el que está más allá.
Pero esto no lo podemos saber, decían otras, porque solo las personas y animales que se mueren saben qué es lo que pasa…
El valor pedagógico de estos momentos está ahí: en permitir que sucedan. Sin dirigir, sin interrumpir, sin cerrar. Acompañar la conversación, el gesto, el silencio. Ahí, en lo cotidiano, la muerte deja de ser tabú y se convierte en experiencia de comunidad y de aprendizaje profundo.
Dar cabida a la biología y a la biografía
Durante mucho tiempo, la mirada educativa tendió a centrarse en lo biológico: observar, analizar, clasificar. Pero somos biología y biografía, y todo lo que aprendemos lo hacemos desde ambas dimensiones. La biología nos da el cuerpo; la biografía nos da el sentido.
Cada niña y cada niño llega con una historia, una cultura, unos vínculos. Y es esa historia compartida con sus iguales y con las personas adultas que los acompañan la que les ofrece las herramientas para mirar la vida —y también la muerte— con comprensión, con respeto y con recursos emocionales acordes a su edad.
Cuando un acontecimiento como la muerte de un animal se aborda desde esta mirada, el aprendizaje deja de ser solo de contenido (“cómo es su cuerpo”) y se convierte en aprendizaje vivencial: sobre el cuidado, la pérdida, la empatía y la pregunta.
¿Y qué aporta facilitar una pedagogía de la muerte en el aula?
Hablar de la muerte en la escuela no significa anticipar el dolor, sino reconocer la vida en todas sus formas. La pedagogía de la muerte nos permite nombrarla antes, cuando aparece en lo cotidiano, con sus preguntas y su misterio.
En el día a día, llegan momentos que invitan: un pájaro en el suelo, un erizo que ya no respira… Y ahí, también, nos detenemos. Observamos. Preguntamos. Nombramos lo que sentimos.
—¿Qué crees que le ha pasado?
—¿Los animales también hacen rituales?
—¿Tú conociste a alguien que ya no está?
Desde esas pequeñas puertas, se abre un espacio. Y muchas veces, aparece lo que ya estaba dentro:
– un animal que fue importante,
– una abuela que dejaron de ver,
– algo que escucharon en casa y necesitan entender.
La infancia necesita un acompañamiento que acoja lo que se dice… y también lo que no se sabe cómo decir. Y en ese espacio seguro, la vida y la muerte pueden conversarse con naturalidad. Cuando esos espacios se propician, ocurren cosas hermosas, como la propuesta que surgió por parte de un grupo de niñas y niños de hacer un día especial, con fotos y recuerdos para compartir —si se quiere, y con quien se quiera— de personas o animales queridos que ya no están.

Desde esa iniciativa, crearon una comisión, prepararon libros de recuerdos y ofrecieron la posibilidad de escribir lo que se necesitara: para una misma, para uno mismo, o para compartirlo en el grupo. Una forma de hacer presentes a los seres queridos, de darles lugar y de permitir que otros también los conocieran.
Acompañar también es hacer sitio a lo que duele, y confiar en que, cuando se nombra, se puede sostener. Juntas, juntos, desde el vínculo.
Puedes conocer más sobre Pedagogía de la muerte en el post anterior
