Las pérdidas no empiezan cuando alguien muere; empiezan mucho antes, cuando algo cambia. Desde el primer llanto al nacer, cuando dejamos el lugar más cálido y seguro que conocemos, la vida nos enseña que crecer también es perder. Cada vez que una niña o un niño atraviesa un cambio —una mudanza, una separación, un juguete roto, una amistad que se transforma— está aprendiendo, sin saberlo, a sostener lo inevitable: que nada permanece igual para siempre.
Vivimos en una cultura que teme al dolor y acelera los finales. Una sociedad que enseña a distraerse rápido, a reponerse sin mirar. Pero el tiempo, por sí solo, no cura. Solo lo hace la experiencia de poder sentir con otro al lado. La infancia no necesita que la protejamos de las pérdidas, sino que la acompañemos a comprenderlas.
A veces, ante una frustración o una despedida, aparece en el adulto el impulso de tapar, de arreglar, de consolar con prisa. Pero acompañar no es solucionar. Acompañar es quedarse cerca, poner palabras, validar lo que sucede:
—“Veo que estás triste porque se rompió.”
—“Te costó mucho despedirte.”
En esos momentos sencillos, las niñas y los niños aprenden algo esencial: que el dolor no los destruye, que puede sentirse y pasar.
Cuando el dolor no encuentra palabras ni mirada, se queda guardado, esperando. Las pérdidas que no se acompañan no desaparecen: se congelan. Y tarde o temprano buscan salida en forma de miedo, de rabia o de distancia. Por eso, cada pequeña pérdida es también una oportunidad: la de aprender que sentir duele, pero no es peligroso.
Acompañar las pérdidas en la infancia es un acto de confianza. Confiar en su capacidad para atravesar la tristeza, para transformar la ausencia en recuerdo. Confiar en que, al nombrar lo que duele, abrimos también la puerta a lo que sigue vivo.
Porque aprender a perder es, en realidad, aprender a vivir.
Referencias
El niño y la muerte. Montse Esquerda y Anna M. Agustí.
Los niños y la muerte. Elisabeth Kübler–Ross.
I jo, també em moriré? Xusa Serra.
El centre educatiu de dol. Àngels Miret.
Del viure i del morir. Anna Nolla.
El mensaje de las lágrimas. Alba Payàs.
La pérdida inesperada. El duelo por suicido de un ser querido. Dulce Camacho.
¿Podemos hablar de algo más agradable? Roz Chast.
