¿Alguna vez has pensado… “Cuando sea mamá o papá, le daré a mi hija/o lo que yo no recibí”?
En ocasiones, este pensamiento nace desde un lugar profundo: desde el deseo de hacerlo distinto, de cuidar mejor, de no repetir la historia que dolió. Una parte nuestra reconoce con claridad lo que faltó —la presencia, la paciencia, la explicación, la calma— y sueña con poder ofrecer ahora eso que tanto hubiera aliviado a nuestra niña interior. Este impulso suele convivir con un deseo genuino de cuidado. Queremos hacerlo bien. Queremos hacerlo lo mejor posible.
Al mismo tiempo, desde el inconsciente, puede suceder que en ocasiones este movimiento no nazca del presente, sino de la memoria emocional: de una necesidad que no fue satisfecha y que sigue viva dentro.
En la infancia, cuando una necesidad básica de seguridad, amor o validación no fue atendida, no solo queda un recuerdo: se forma un patrón. Ese patrón —lo que John Bowlby llamó modelo interno de trabajo— se convierte en la base inconsciente desde la que entendemos el amor y el vínculo. Por eso, cuando somos adultas y acompañamos a nuestros hijos, esas representaciones se reactivan, sobre todo en momentos de estrés, cansancio o conflicto.
A veces lo que emerge no es el adulto presente, sino la niña que fuimos, buscando alivio, y sin darnos cuenta, actuamos desde su necesidad.
Por ejemplo:
- Si de niñas nos decían “no pasa nada” cuando nos hacíamos daño, puede que ahora corramos a atender cada pequeño golpe, para que nunca sientan el vacío que sentimos.
- Si crecimos sin explicaciones ni razones, es posible que sobrecarguemos a nuestros hijos con palabras, queriendo que entiendan todo, para que no vivan la confusión que vivimos.
- Si en casa no se permitía el enfado, puede que nos inquiete profundamente su rabia, y tratemos de calmarla rápido para no tocar nuestra propia incomodidad.
No hay error en esto, solo memoria. El cuerpo recuerda lo que dolió y trata de impedir que vuelva a pasar, aunque la situación de hoy sea distinta.

Cuando estas huellas se activan sin que seamos conscientes, dejamos de mirar al niño o la niña real y empezamos a responder a nuestra historia interna. El sistema nervioso reacciona como si el pasado estuviera ocurriendo otra vez, y nuestra respuesta busca protegernos, más que acompañar.
En cambio, cuando podemos ver que lo que se mueve dentro pertenece a otro tiempo, algo se recoloca: podemos reconocer la emoción, darnos un momento para respirarla, y desde ahí volver al presente. Esa pausa, a veces mínima, es la que marca la diferencia entre repetir el patrón y transformarlo.

Reparar no significa llenar al otro de lo que a mí me faltó, significa mirar mi historia con ternura, reconocer lo que dolió y ofrecerme hoy el cuidado que entonces no tuve.
Cuando soy capaz de darme eso a mí misma —paciencia, comprensión, consuelo, descanso— ya no necesito usar al otro para reparar mi vivencia, y desde ahí, puedo comenzar a mirar desde otro lugar.
Puedo mirar al niño o la niña que tengo delante sin confundirle con mi pasado, sin intentar salvarle de lo que me dolió a mí, sin proyectar sobre él mi necesidad. Entonces el vínculo se libera del peso de la historia y se vuelve real, flexible, vivo:
Ya no tengo que salvar, ni compensar, ni proteger tanto. Puedo simplemente estar, acompañar, escuchar y responder desde la presencia. Y en esa presencia, el amor deja de repetir y empieza a crear algo nuevo. Porque cuando diferencio a la niña que fui del hijo que tengo delante, el patrón se rompe:
Aprendo a darme a mí misma lo que me faltó y, desde ahí, puedo acompañarle de verdad, en lo que el otro está necesitando.
Referencias:
Beatriz Cazurro. Los hijos que fuimos, los padres que somos. Editorial Vergara, 2023.
Daniel J. Siegel. Ser padres conscientes: Cultivar la atención plena para transformarnos a nosotros mismos y a nuestros hijos. Editorial Kairós, 2013.
