La rabia es una emoción tan necesaria como todas las demás. Sin embargo, en ocasiones resulta ser la gran incomprendida y, desde la incomprensión, una de las menos acompañadas y de las más cortadas en su expresión.
La emoción de la rabia, y sobre todo su acompañamiento, hace a muchas personas conectar con una sensación desagradable, que preferirían evitar. Esto no es casualidad, ni viene de la nada: si pensamos en los mensajes que recibíamos en la infancia ante nuestro enfado, tal vez encontremos una respuesta coherente en relación con lo que nos genera.
De esta manera, desde pequeños aprendemos que enfadarse está mal, y que la tristeza o el silencio son más aceptables a nivel social que levantar la voz o mostrar enfado. La rabia, relacionada con una posible destrucción, con un conflicto inevitable, asusta.


Tal es el rechazo que en ocasiones nos genera la rabia que, a veces, cuando esta nos invade, el primer deseo que aparece es: no me quiero enfadar. Sin embargo, si esto pasara, lo que estaríamos haciendo es alejarnos del mensaje que esa rabia trae con ella. Y es que la rabia aparece para avisar y, como recuerda Marshall Rosenberg, detrás de ella hay siempre una necesidad que no está siendo atendida, algo que duele o que frustra.
Cuando penalizamos la rabia, el mensaje se pierde, y lo que queda dentro busca otro camino: puede transformarse en tristeza, en culpa, en tensión o en bloqueo.
La energía de la rabia tiene por fin proteger los propios límites. Como decía Violet Oaklander, la ira es una expresión del yo, que moviliza la energía para expresar el disgusto por la necesidad que no se encuentra cubierta. Y cuando cortamos la expresión de la ira, la expresión de uno mismo que ha sido frustrada y cortada empuja a convertirse en otra cosa.
(Imagen a la derecha: Listado de necesidades humanas según la Comunicación no Violenta. Texto: Luis M. García / Ilustraciones: Isabel Flores)
En el acompañamiento a la infancia, es normal además que las expresiones de rabia nos movilicen internamente. Lo visible, la punta del iceberg de esta expresión, se traduce en ocasiones en gritos, empujones, explosiones e incluso insultos. Y si bien debajo de estas expresiones hay una necesidad que intenta hacerse visible, a veces el comportamiento es tan activador que no podemos ver más allá de todo lo que ya ocupa de por sí la superficie.
¿Y qué nos sucede a nosotros con la rabia? Puede que algunas personas la vivan de manera natural y puedan expresarla con claridad, mientras que otras encuentren dificultades en ello e intenten evitarla. Y esto, también se refleja en cómo vivimos la rabia en las personas que nos rodean, y en la manera en la que acompañamos a la infancia.
Puede que una sensación que se nos active ante la rabia, ya sea en nosotros o en los otros, sea el susto. Si cuando éramos pequeños, la rabia fue penalizada, castigada o ridiculizada, cuando volvemos a entrar en contacto con una vivencia similar, nuestro cuerpo activa su memoria corporal y contactamos con esa vivencia. Así, en el contacto con la infancia, cuando un niño se enfada, no solo se despierta su emoción, también la nuestra. Y sin darnos cuenta, es fácil que se repita lo aprendido, pues no desarrollamos otras herramientas para hacernos cargo de ello, y repetimos lo que ya sabemos: intentamos que se calme, que se calle, que “no sea para tanto”. Su necesidad se mezcla con la nuestra. Y desde aquí, muchas veces puede resultarnos difícil ver lo que se encuentra detrás de su expresión.
Cuando un niño o una niña expresa rabia, su sistema nervioso está en plena activación. Daniel Siegel explica que, en esos momentos, el cerebro emocional toma el mando y la parte racional —la corteza prefrontal— queda en un segundo plano. No es que la criatura “no quiera controlarse”: es que todavía no puede.
Las niñas y niños acostumbran a ser sensibles a sus sensaciones corporales, y sin una corteza prefrontal todavía desarrollada, sus respuestas emocionales son primarias, responden a los estímulos que reciben. Cuando algo les molesta, esta energía genuina de la rabia aparece tambien para mostrar el malestar, para hacer presente ese yo del que hablaba Violet Oaklander. Y esto es lo que a veces puede ser confuso para las personas adultas, que desearían que sus hijas e hijos pudieran expresar con palabras lo que les sucede, que pudieran identificar lo que les activa y que su respuesta fuera más fácilmente relacionable con lo que ha pasado. No es un deseo desde el egoísmo, es desde la necesidad de cuidado que tambien surge de aquellos que acompañamos, y de la sensación de pérdida ante no saber cómo “hacerlo bien”, de cómo “hacerlo fácil”.
A veces, incluso puede ser difícil para las personas adultas ver cuál es la relación entre un estallido de rabia y lo que lo ha activado. En ocasiones, nos encontramos con familias que nos expresan, por ejemplo, fuertes explosiones emocionales de rabia en casa que no se dan en otros espacios y que desubican a quien tiene que sostenerlo. Sin embargo, no es casualidad que la rabia aparezca justo en los espacios donde la niña o niño se siente seguro.
Pensemos, por ejemplo, en una criatura que en la escuela tiene dificultades para poner límites a los otros o expresar lo que le molesta. Si en su día a día vive situaciones que le resultan invasivas, toda esta energía y tensión no se libera, y puede que, al llegar a casa, al bajar el nivel de supervivencia, surja de manera repentina, y se exprese en la necesidad de buscar el límite con el adulto, de sacar malestar de las maneras en las que en ese momento pueda hacerlo. De pronto, aquello que entendíamos como “portarse mal” es en realidad una herramienta muy útil para regularse y soltar.
Un pequeño gran secreto es que la regulación no se enseña con palabras, se aprende en relación. El cuerpo y la presencia del adulto funcionan como anclaje, como sostén. Cuando el adulto puede permanecer presente, respirando, sin juzgar ni reprimir, el sistema nervioso del niño empieza a calmarse por resonancia. La regulación es siempre un proceso compartido.
Entender cómo funciona el desarrollo de la infancia ayuda tambien a comprender que en muchas ocasiones esta es la manera que en ese momento tienen de expresar su malestar, y que necesitan de nuestra corregulación y de nuestras palabras para poner claridad a lo que ha sucedido.
¿Y cómo podemos poner claridad ante una situación que desconocemos? En muchas ocasiones, el primer paso no es poner estas palabras, sino ayudar a canalizar ese malestar. Y en este sentido, el papel de la persona adulta en esos momentos no es controlar, sino sostener.
¿Quiere decir esto que tengo que permitir toda manera de mostrar malestar que aparezca? No, ser sostén no significa permitir que todo valga; significa ofrecer un marco donde la emoción pueda existir sin que nadie resulte herido. Significa establecer un marco de seguridad apoyado en tres principios: cuido de ti, cuido de mi y de los otros y cuido también del espacio.
Si como adultos permitimos que todo suceda, no estamos sosteniendo lo que sucede, porque no estaríamos ofreciendo un marco de seguridad que lo facilitara. “Veo que estás enfadado, estás tan enfadado que quieres pegarme, y al mismo tiempo, yo como adulta, voy a cuidar que no te hagas daño, que no me hagas daño.”
¿Y cómo asegurarnos de que este espacio de seguridad se construye? A través de los límites. Los límites ayudan a sostener la vivencia del otro, cuidando precisamente que estos límites que ponemos no sean contra el niño o niña, sino a favor de la relación. Sin embargo, para que esto se dé, también yo tengo que ver qué me pasa a mí en relación con todo lo que está sucediendo. ¿Puedo sostener esta situación con calma o me activa tanto que ahora mismo no puedo acogerla? ¿Hay alguien que pueda sostenerla mientras yo me hago cargo de mi propio enfado? ¿Qué me dice mi enfado sobre lo que yo estoy necesitando?
Hablar de límites es también tener claro que vamos a entrar en esta relación haciendo uso de ellos. Por ejemplo, si la criatura tiene tanto malestar que viene hacia mí a pegarme, no solo es cuestión de que yo diga “no me pegues”, es cuestión de acompañar, con palabras y cuerpo lo que sucede: “veo que estás muy enfadada, y quieres pegarme. Al mismo tiempo, no voy a dejar que me pegues, así que te voy a sujetar las manos”.
Aquí entra en juego lo que Laura Rincón Garrido llama la contención. Contener no es frenar ni reprimir, sino ofrecer el propio cuerpo y la propia presencia como sostén. Es poder ser continente del estado emocional del otro, ser ese cuerpo que sostiene mientras el del niño se desorganiza. Contener es cuidar sin invadir, sostener sin anular. Es poder decir: “No voy a dejar que te hagas daño ni que me hagas daño, pero estoy aquí contigo.” La respiración, el tono de voz, la firmeza de la mirada, la distancia que elegimos… todo comunica al sistema nervioso del niño que hay seguridad.
Cuando la emoción se acompaña así, cuando el cuerpo del adulto se mantiene disponible y no se asusta, el niño puede atravesar su rabia sin romper el vínculo. El mensaje que le llega a la niña o niño es: cuando tengo malestar, la persona que me acompaña puede ver que esto es una expresión de cómo me siento, y que yo soy mucho más que esta expresión, no soy mala por mostrar enfado o por estar aprendiendo a gestionar mi rabia. De este modo, después llega el momento del reencuentro, ese gesto que Rincón Garrido llama el abrazo que lleva al amor. Es el instante en que, tras la tormenta, el cuerpo y el vínculo se reencuentran. Y el mensaje que queda grabado no es “me porté mal”, sino “puedo sentir y seguir siendo querido”.

También el cuerpo necesita liberar. La rabia es una emoción profundamente física, y si no encuentra salida, se queda dentro. Por eso el juego y el movimiento son vías naturales para canalizarla. Violet Oaklander habla de la agresividad como una forma de energía vital, no como algo negativo. A través de los juegos de energía agresiva —golpear cojines, empujar con límites, aplastar arcilla, hacer sonidos fuertes o representar luchas simbólicas— el niño puede soltar esa fuerza, reconectando con su potencia de manera segura. Cuando el cuerpo puede expresarse, la emoción se transforma y se vuelve creadora.
Acompañar la rabia no termina cuando el grito cesa. Después viene la parte más importante: la integración. Es el momento de poner palabras, de mirar lo vivido sin juicio. “Fue un momento difícil.” “Estabas muy enfadado.” “Ahora que estás más tranquilo, podemos hablar.” Ese después es el que enseña al niño que la emoción pasa, que el vínculo sigue ahí y que sentir no lo aleja del amor.
Reconciliarnos con la rabia —también como personas adultas— es reconciliarnos con nuestra fuerza vital. No se trata de justificar el daño ni de temer la intensidad, sino de reconocer el propósito de esa energía: protegernos, movernos, mostrarnos. Cuando la rabia es acompañada y no censurada, se convierte en una fuerza al servicio de la vida, en impulso de autenticidad.
Acompañar la rabia en la infancia es permitir que esa energía encuentre su cauce, que aprenda a expresarse sin herir, que se sienta vista. Y acompañarla en nosotros es atrevernos a mirar esa parte que quiere defendernos, aunque no siempre sepa cómo. Porque cuando la rabia puede ser sentida, nombrada y sostenida, deja de gritar para ser escuchada. Y entonces deja de ser amenaza, y vuelve a ser lo que siempre fue: una expresión profunda de vida.
Reconocer las necesidades que se encuentran tras ello es también clave en este proceso de validar la experiencia, que resulta esencial para integrar lo vivido. Y aquí viene el gran trabajo de las personas adultas, solo podemos acompañar aquello que también nosotras hemos integrado. ¿Y yo, soy capaz de reconocer las necesidades no cubiertas que me han activado?
La Comunicación No Violenta nos ofrece, en este sentido, la posibilidad de explorar las necesidades y sentimientos, de aprender a poner palabras a aquello que no nos enseñaron a nombrar y que, a día de hoy, sin vocabulario, puede sernos difícil de expresar.
Para conocer más sobre Comunicación no violenta, puedes descargarte la Breve guía para la Comunicación No Violenta de Luis M. García e Isabel Flores aquí:
Referencias
Marshall B. Rosenberg – El sorprendente propósito de la rabia
La mirada de la Comunicación No Violenta sobre la rabia como señal de necesidades no cubiertas, y cómo transformarla en conexión.
Daniel J. Siegel – El cerebro del niño / The Whole-Brain Child
Cómo el cerebro infantil se desarrolla en relación y por qué necesita la presencia del adulto para regular emociones intensas.
Laura Rincón Garrido – El abrazo que lleva al amor
Sobre la contención emocional y corporal, y la importancia del sostén del adulto para acompañar los desbordes con seguridad y afecto.
Violet Oaklander – Ventanas a nuestros niños
Desde la terapia Gestalt infantil, explica cómo la agresividad puede ser una fuerza vital que, bien acompañada, se transforma en creatividad.
André Lapierre y Bernard Aucouturier – La simbólica del movimiento
La agresividad como energía de vida que, al encontrar expresión a través del juego y del cuerpo, se integra de manera sana.
Lawrence J. Cohen – Playful Parenting
El poder del juego como canal para la conexión, la expresión emocional y la reparación del vínculo.
Sue Gerhardt – Why Love Matters
Cómo el afecto y la presencia del adulto modelan el cerebro emocional y ayudan a construir seguridad interna.
Beatriz Cazurro – Los niños que fuimos, los padres que somos
Una mirada compasiva sobre cómo nuestras propias heridas influyen en el modo en que acompañamos a la infancia.
