Hay capacidades humanas tan esenciales que sostienen todo lo que somos, y sin embargo apenas les ponemos nombre. Una de ellas es la mentalización, esa habilidad que nos permite darnos cuenta de que nuestro comportamiento —y el de quienes nos rodean— no es solo una sucesión de hechos visibles, sino una expresión de mundos internos llenos de emociones, intenciones y necesidades. Mentalizar es poder detenernos un momento y preguntarnos qué se está moviendo dentro de nosotros, qué podría estar ocurriendo dentro de la otra persona y cómo se entrelazan esos dos universos. Es la capacidad de traducir la experiencia emocional en sentido, de darle un lugar en nuestra mente y de abrir espacio para comprender también la mente del otro.
Esta capacidad influye profundamente en nuestra vida diaria, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Cuando mentalizamos, podemos regular mejor lo que sentimos, encontramos palabras más cuidadas para lo que nos pasa, somos capaces de abrirnos a la complejidad del otro incluso en medio del conflicto y tenemos más recursos para reparar cuando algo se rompe en la relación. Pero cuando la mentalización falla, las emociones pueden volverse abruptas, absolutas o desconectadas; el vínculo se deteriora; y perdemos momentáneamente la capacidad de comprendernos a nosotros mismos o a los demás. Mentalizar, en realidad, es una manera de sostener el vínculo —con uno mismo y con el otro— incluso en los momentos difíciles.
Sin embargo, esta capacidad no aparece de forma espontánea. Es el resultado de un proceso de desarrollo largo, delicado y profundamente dependiente del vínculo. Antes de alcanzar la mentalización madura, todos los seres humanos —sin excepción— atravesamos modos de funcionamiento mental más simples, que sirven como base para construir, poco a poco, esta habilidad compleja. Estos modos se llaman estados de prementalización, y no solo pertenecen a la infancia: también reaparecen en la vida adulta cuando algo nos desborda emocionalmente.
Comprender estos estados no es una forma de patologizarnos, sino de mirarnos con más ternura. Porque cuando una parte de nosotros regresa a ellos, lo que está intentando es protegernos.
El desarrollo de la mentalización nace en la relación
La mentalización nace siempre en el vínculo. En los primeros meses de vida, las criaturas viven completamente sumergidas en sensaciones corporales: hambre, frío, miedo, calor, alivio, malestar. En ese periodo temprano, no existe aún una conciencia diferenciada de la experiencia interna. Lo que sienten es el mundo entero, y el mundo entero depende de ser sostenido externamente. Cuando una figura adulta llega, recoge, acuna, interpreta, pone palabras o simplemente acompaña, el bebé empieza a experimentar que sus estados internos pueden encontrar orden y alivio fuera de sí mismo. Poco a poco, a través de miles de microinteracciones, se va instalando la idea de que la emoción tiene un nombre y un sentido, y de que hay alguien que trata de comprender lo invisible.
Entre los tres y los cinco años, gracias al juego simbólico, al lenguaje y a la creciente capacidad de imaginar, los niños descubren que su mente no es la única que existe: las otras personas también tienen deseos, pensamientos y emociones. Empiezan a distinguir entre lo que sienten y lo que sienten los demás, entre lo que es interno y lo que es externo. Esta capacidad sigue madurando durante toda la infancia y se expande enormemente en la adolescencia, cuando aparece la reflexión sobre la propia identidad, el sentido vital y la vida emocional profunda.
Pero incluso cuando somos adultas y adultos, y aunque tengamos un gran desarrollo cognitivo y emocional, la mentalización es una función frágil. No es algo garantizado. Bajo estrés, dolor relacional, miedo o situaciones que activan heridas antiguas, esta capacidad puede “colapsar”. El cerebro tiende entonces a recurrir a formas más tempranas y primitivas de organizar la experiencia: los modos de prementalización.

Antes de mentalizar: los modos de prementalización
Los estados de prementalización son formas tempranas de interpretar la realidad en las que todavía no existe una diferenciación clara entre mente, emoción, acción y mundo externo. En la infancia son completamente normales y necesarios. En la vida adulta no significan “regresión”, sino que reflejan que estamos emocionalmente sobrepasados y que nuestro sistema nervioso está recurriendo a estrategias antiguas para darnos estabilidad.
Los tres modos son:
- Modo teleológico: solo lo visible o lo que se hace parece contar.
- Equivalencia psíquica: lo que siento se vive como la verdad absoluta del mundo.
- Modo de simulación: hay discurso emocional, pero sin conexión con la emoción real.
Cada uno de ellos tiene una función protectora, y cada uno puede aparecer de nuevo cuando estamos desregulados.
1. Modo teleológico:
En el modo teleológico, la experiencia interna solo se valida a través de acciones concretas. Es un modo muy corporal, muy orientado a la conducta. Para un bebé o niño pequeño, esto tiene sentido: si alguien le cuida, le abraza, le atiende, eso significa que lo quiere. Todavía no puede comprender intenciones invisibles; necesita pruebas tangibles.
En la vida adulta, este modo aparece cuando estamos emocionalmente inseguros o heridos. Podemos sentir que el afecto solo existe si se demuestra físicamente, que el compromiso solo vale si se traduce en hechos, que el vínculo se confirma mediante acciones muy específicas. También puede emerger como una hiperactividad protectora: llenar el día de tareas, hacer sin parar, ocupar la mente y el cuerpo para no entrar en contacto con emociones que todavía duelen demasiado.
En ese momento, no estamos eligiendo “hacer mucho” por incapacidad de parar. Estamos tratando de mantenernos a salvo a través del movimiento y la acción, porque el mundo interno se ha vuelto demasiado incierto.


2. Equivalencia psíquica:
El modo de equivalencia psíquica es uno de los más sensibles y comunes. Aquí, la emoción interna se experimenta como si fuera la realidad externa. Si me siento solo, entonces es que nadie está realmente ahí. Si me siento pequeña, entonces debo serlo a ojos de los demás. Si siento miedo, entonces algo peligroso está ocurriendo de verdad.
En la infancia, esto es completamente normal: los niños todavía no han aprendido a cuestionar la equivalencia emoción–realidad. Pero en la vida adulta aparece cuando la carga emocional es tan intensa que perdemos la capacidad de matizar o de abrir espacio para interpretaciones alternativas.
Este modo no habla de irracionalidad, sino de vulnerabilidad. Aparece cuando algo toca un lugar sensible, cuando una parte de nosotros sigue esperando ser protegida. Y aunque el mundo externo no sea tan amenazante como lo sentimos, nuestra experiencia interna sí lo es.
3. Modo de simulación
El modo de simulación es quizás el más sutil. En apariencia, parece maduro: hablamos de lo que sentimos, explicamos lo que nos ocurre, analizamos cada detalle. Hay un discurso emocional, pero no hay conexión afectiva. Las palabras están, pero el cuerpo no acompaña. La narrativa funciona como una barrera que mantiene la emoción a distancia.
En la infancia, este modo aparece en el juego simbólico que aún no se integra completamente con la vida emocional real. En adultos, puede emerger cuando entrar en contacto con la emoción sería abrumador. Intelectualizamos para sobrevivir; analizamos para no sentir. Este modo es una forma sofisticada de protección: nos mantiene funcionando, pero desconectados de aquello que realmente necesita ser acogido.

¿Por qué regresamos a estos modos cuando nos desregulamos?
Regresamos a estos modos no porque “nos falte algo”, sino porque el sistema nervioso, cuando se siente en peligro emocional, intenta simplificar la complejidad interna. La mentalización requiere calma, contención, tiempo, espacio interno… y cuando esos recursos no están disponibles, el cerebro elige caminos más primitivos pero más rápidos. En esos momentos podemos:
- refugiarnos en el hacer (modo teleológico),
- confundir emoción con realidad (equivalencia psíquica),
- o refugiarnos en la mente sin implicar el cuerpo (modo de simulación).
Y nada de esto significa que estemos fallando. Significa que estamos tratando de protegernos con los recursos disponibles.
La mentalización no vuelve mediante la fuerza ni la autoexigencia. Regresa cuando el entorno interno y externo se vuelven más habitables. A veces basta un gesto, una respiración más profunda, una mirada calmada, una pausa. Recuperamos la mentalización cuando dejamos de luchar contra lo que sentimos y empezamos a hacernos preguntas suaves: “¿Qué estoy viviendo por dentro?”, “¿Qué otra explicación podría existir?”, “¿Qué necesita esta parte de mí que se está activando?”
La mentalización florece, pues, cuando hay seguridad. Y la seguridad, muchas veces, se construye con presencia, paciencia y ternura.
Comprender estos modos es una forma de reconciliarnos con nuestra historia. Cuando nos damos cuenta de que nuestras reacciones no son fallos de carácter sino estrategias antiguas que nacieron para cuidarnos, aparece la posibilidad de tratarnos con más compasión.
Poder comprender esto nos ayuda a abandonar la pregunta “¿por qué soy así?”, por una mirada más profunda y amorosa:
“¿Qué parte de mí está intentando protegerse y qué necesitaba entonces que hoy puedo empezar a darle?”
Desde ahí, el mundo interno se vuelve menos amenazante, más habitable. Y la mentalización —esa capacidad de sostenernos a nosotras mismas y a nuestros vínculos— vuelve a encontrar espacio donde florecer.
Referencias
Schwartz, Richard C. y Sweezy, Martha. (2021). Terapia de Sistemas de Familia Interna (IFS). – Editorial Eleftheria.
Rosenberg, Marshall B. (2015). Comunicación No Violenta: Un lenguaje de vida. Acanto / Ediciones Urano.
Fonagy, Peter; Gergely, György; Jurist, Elliot L.; & Target, Mary. (2002). Affect Regulation, Mentalization, and the Development of the Self.
